Pincha en este enlace para escuchar el poema:

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

.

.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

.

.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

.

Descárgate aquí el análisis del poema.

Grabación: Estefanía G. y Carla F.

Fotos: Flickr
Comentario:auladeletras.com

Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.

Por ir al Norte, fue al Sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.

Creyó que el mar era el cielo;
que la noche la mañana.
Se equivocaba.

Que las estrellas eran rocío;
que la calor, la nevada.
Se equivocaba.

Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón su casa.
Se equivocaba.

(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.)

.

.

Múltiples significados para esa paloma equivocada… España dormida tra la tragedia de la Guerra Civil o la Patria vista desde el exilio. Paloma que es el propio poeta o paloma que es mujer. ¡Sugerente poesía!

(Grabación: Mario G., Daniel J. y Esther L.)

(fotos Flickr)

Colores de otoño, las clases ya están en marcha, poco a poco nos vamos conociendo todos y ya van surgiendo nuevos proyectos. Mientras reanudamos esta sección para que la disfrutéis.

(Iré colgando el resto de grabaciones que tenemos. Mereció la pena este trabajo)

(foto:flickr)

Esa noche tocaba luna llena.  Después de todo un mes sin ver a la gran dama, el pueblo entero esperaba con impaciencia la llegada de la noche. Asomados en balcones y ventanas, niños y adultos miraban expectantes al cielo aguardando la aparición de la dama blanca. Pero esa noche, la luna no apareció. Tan inexplicable suceso fue llorado por todos los habitantes del pueblo, pero ninguno lo lamentó más como quien no vivía en él: la doncella dorada.

      El bosque siempre había sido un lugar solitario, apartado y tranquilo; un refugio sagrado para ella. Para quien no podía vivir en el pueblo, a causa de su voz sin sonidos  y de sus ojos de cristal. La doncella dorada nació muda de palabras, y con los ojos azulados del brillo del más frío hielo. En el pueblo nadie sabía nada de su origen. Ni quiénes eran sus padres, ni tampoco cómo la doncella dorada había sido criada y mantenida. Rehuían su presencia cada vez que la doncella dorada bajaba al pueblo y se encontraba con ellos, huyendo de sus ojos que brillaban con una inquietante luz infinitamente solitaria.

       Esa noche, la doncella dorada, al igual que el pueblo, esperaba ver la luna. Se sentó junto al lago, y buscó el reflejo pálido de la dama blanca, sin hallarlo. Alzó la cabeza al cielo, esperando ver su figura fantasmal; pero tampoco allí la vio. Sin embargo, aún a pesar de la ausencia de la luna, un tenue resplandor iluminaba el bosque.

      La doncella dorada lo vio, y una sacudida de miedo oprimió su corazón de ninfa. Por entre los árboles, por entre las nubes, antorchas y gritos se alzaban cercando su lugar de refugio y rodeando el lago. Las voces furiosas repetían sin cesar: “¡Bruja!” “¡Quemadla!” “¡Ella ha robado al luna!”. Todas ellas. El niño pequeño que la había sonreído dos días atrás. La joven que le regaló el vestido que llevaba puesto. El amable anciano que le había dado una manzana en el desayuno. Incluso el hombre que se hacía llamar santo, y que predicaba el amor a todos los hombres de un extraño personaje que murió crucificado siglos atrás. Todos la despreciaban, la llamaban”bruja”, y le escupían a la cara con el más amargo de los odios. Sabiendo que era inútil defenderse, que nada de lo que hiciera la salvaría esa noche, la doncella dorada se dejó detener.

       Sin dejar de mirar al cielo, sin dejar de implorar a la luna que apareciera, abandonó el bosque. Atada con frías cadenas, fue conducida al pueblo. Ya allí, la pira mortuoria la esperaba. Reconoció en seguida la madera con que la habían construido. El árbol que tantas noches le sirvió de lecho, le prestaría ahora servicio de cenizoso ataúd.

       La ataron al poste y no pronunció una sola palabra. El hombre santo quiso que se arrepintiera de sus pecados antes de arder. La doncella dorada ni siquiera sabía qué era eso. Tampoco entonces contestó. El hombre santo le reprochó ser una sierva de Satán. La doncella dorada no conocía a tal señor. Se lo hubiera dicho si hubiera podido. Pero no pudo decir nada. Aún cuando el encapuchado le desgarró el vestido y la fustigó, la doncella dorada emitió un solo sonido. No podía. Quienes se consideraban con derecho de ser el tribunal, interpretaron su silencio como culpabilidad, y ordenaron al encapuchado que encendiera la hoguera. Pero tampoco entonces dijo nada. Pues no podía.

       Las llamas se extendieron rápidamente entre la hojarasca que cubría la madera, y pronto alcanzó los pies de la doncella dorada. La madera prendió sus plantas, sus tobillos y ascendió por sus piernas quemándole el vestido. Pero la doncella dorada no cambió su gesto, si derramó una lágrima, ni emitió sonido alguno. El fuego comenzó a trepar por su cuerpo, rodeando su cintura, ciñendo sus pechos, abrasando sus brazos y sus manos, y acercándose peligrosamente a su cuello. Pero tampoco entonces la doncella dorada varió su gesto imperturbable, ni humedeció de llanto sus mejillas, ni arrancó palabra alguna de su garganta. Simplemente, pues tal era su costumbre las noches de luna llena, alzó la cabeza al cielo de la noche, y lo miró esperanzada.

       Por fin, la molesta nube que la ocultaba se apartó, y en el cielo brilló la luna llena con todo su esplendor. Todos miraron al cielo con admiración y embeleso. Y en ese mismo instante, un desgarrador sonido salido del rincón más terrorífico del infierno, sacudió la quietud de la noche de luna llena llenando de pavor los corazones de todos. Antes de rendir su alma, la doncella dorada había proferido su primer y único grito.   

Ahí va un cuento para pensar…

“Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de ellos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido de otros niños. Durante la función, la enorme bestía hacía gala de un tamaño,un peso y una fuerza descomunales…Pero después de la actuación y hasta poco antes de volver al escenario,el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba sus patas.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y aunque la madera era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces?.
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces por el misterio del elefante… Alguno de ellos me explicó que el elefante no huía porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?”.
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo, me olvidé del misterio del elefante y la estaca…
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:

“El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño”.

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa, porque, pobre, cree que no puede.

Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás,jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza.

Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad.

Vivimos pensando que “no podemos” hacer montones de cosas,simplemente porque una vez, hace tiempo, lo intentamos y no lo conseguimos.
Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré.

Hemos crecido llevando este mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos: “No puedo y nunca podré”.

Ésto es lo que te pasa, vives condicionado por el recuerdo de una persona que ya no existe en tí, y que en aquel momento no pudo.

Tu única manera de saber si puedes conseguirlo es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo tu corazón…¡¡¡Todo tu corazón!!!.”

Sobre todo, ¡opina!

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